Gustavo Pérez: Cerámica

Gustavo Pérez
por María Minera
Agosto, 2021

En la cerámica, como en la música, se hace evidente, con delicada precisión, lo poco que se necesita para producir una forma inédita y maravillosa. La cerámica surge de una porción de materia que en esencia no es más que tierra y agua; una masa informe y anodina a partir de la cual, sin embargo, es posible levantar un universo entero. Un cuenco de barro, como una sonata, crece sobre sí mismo, nutriéndose, por así decirlo, de sus propias entrañas. La pintura requiere de mucho más: tela, colores, pinceles. La cerámica podría sacarse de cualquier jardín o, incluso, de la más pequeña parcela donde pueda producirse algún tipo de lodo –de ahí la variedad infinita de tonalidades de la cerámica: desde el negro más profundo al blanco más luminoso, pasando por todos los grises y los rojos y los amarillos. En alguna ocasión, Gustavo Pérez hizo ese ejercicio a la inversa: comenzó con una hermosa vasija color arena y la fue comprimiendo en sucesivas etapas, en las cuales el objeto original, útil en su capacidad de ser llenado –con agua, con flores–, fue perdiendo su funcionalidad y volviéndose cada vez más forma pura. Esto es, al de-formarse la vasija fue cobrando, paradójicamente, la forma de una serie de presencias enigmáticas, sin significado preciso, aunque no por ello menos evocadoras –entes sinuosos, envolventes. Pero al final –sorpresa sutil– el jarrón del principio regresó a lo que fue en el origen: masa; una plasta de material terroso que en su interior guardaba, no obstante, todas las formas del mundo en potencia.
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