Gustavo Pérez: Cerámica de Excelencia

Raquel Tibol, Revista Proceso, 3 de marzo de 1990

Para celebrar sus 40 años de edad (nació en la ciudad de México en febrero de 1950) el ceramista Gustavo Pérez presenta (desde el pasado 15 de febrero hasta el próximo 15 de marzo) en la Galería Ramón López Quiroga un conjunto de 47 vasijas y una máscara. Ésta es de pequeño formato y pareciera prometer un nuevo tema en la refinada producción de este artista, concentrada hasta ahora en la elaboración de vasos, platos, fruteros, botijos, en los cuales combina con sorprendente acierto funcionalidad y belleza. La belleza está dada por los colores y las formas. Colores suaves, delicadamente tornasolados y de difícil catalogación: los amarillos tienden al dorado, los ocres tienen tonalidades naranjas, los azules son verdosos y los verdes son grisáceos. En algunas piezas se han combinado colores dentro de una misma gama, cuidando que el diseño pictórico no contradiga al bulto.


La tarea de invención formal consiste en alterar las formas regulares por medio de dobleces, cortes, aplastamientos. En pocas ocasiones acude Gustavo Pérez a elementos embonados o articulados; pero al asumir esas posibilidades lo hace de manera tan imaginativa que los objetos parecieran perder funcionalidad para volverse más sugestivos y ofrecer mayores emanaciones poéticas, cercanas al surrealismo. Una pequeña vasija semejante a una sartén, gracias a los agregados, quedó convertida en un pequeño estanque que contiene el reflejo de un rostro.

En los tres años y medio transcurridos desde su anterior presentación individual en la ciudad de México, Gustavo Pérez ha seguido perfeccionando sus métodos, tanto en el torno como en el sancocho, la cocción definitiva a una temperatura alta de 1,300 grados y en el barnizado final. Las paredes se han adelgazado y fortalecido y los sonidos que emiten al tañerlas se han vuelto más metálicos y vibrantes, revelando así el uso de arcillas o greses con alto contenido ferroso. Gustavo Pérez no debe caminar mucho para conseguir la materia prima de su predilección, la hay en abundancia no lejos de su taller, instalado a las afueras de Jalapa, Veracruz.

Pocas son ahora las piezas decoradas con esgrafiados evocativos de la escritura cuneiforme, aunque también en esto se aprecia mayor depuración. Lo inesperado en esta exposición de cerámica titulada Forma abierta son ocho dibujos realizados con crayolas multicolores, en una escritura rítmica no figurativa, con buen dominio del aire en el plano. Los muchísimos y pequeños trazos caligráficos flotan sobre la superficie del papel, denotando la levedad de la mano al actuar sobre el soporte. Hay en casi todos esos dibujos un ambiente floral cercano a ciertas abstracciones kandinskianas, aunque habría que restar timbres eslavos y rudezas expresionistas presentes siempre en los trabajos de Wassily Kandinsky, y sumar gracia y musicalidad caribeñas.